Estudio comunicación audiovisual en Barcelona. Para la universidad he tenido que escribir una historia de acción, en la que el protagonista tubiera un objetivo. Os dejo la versión acabada de la historia: Quién apagó mi luz.
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Es curioso, cuando menos lo esperamos, es cuando ocurren las cosas que más deseamos. No lo digo por nada en especial, o quizás si, pero no trataré de ocultar lo que me pasó una mañana de abril mientras trabajaba en mi bar. Acababa de subir la persiana que protege el local de las gamberradas de los jóvenes de la calle Sepúlveda y encendí las luces del aparador, las del cuarto interior y me dispuse a abrir la caja. Todo se desarrollaba con normalidad y nada hacia pensar que aquella mañana no iba a ser como todas. Los primeros clientes comenzaron a llegar.
- Un café con leche y un bocadillo de jamón – dijo el primer cliente al entrar por la puerta. Tanteé la máquina hasta hallar el botón, la encendí y comencé a cortar el pan para preparar bocadillos. Las primeras horas pasaban muy rápido: clientes que entraban y salían, bocadillos y cafés que volaban tan rápido que no alcazaba a entender como no les sentaba mal comer tan deprisa a mas de uno. A la hora de pagar, los clientes solían ir igual de rápido entregando los billetes en caja. Ahi esta el inicio de todo, en los billetes.
A las doce de la mañana, como cada día, mi madre entraba por la puerta con el diario y una barra de pan debajo del brazo. Es una buena hora para tomarme un descanso: los desayunos ya se han acabado y todavía no iba a venir nadie (hasta la una no se cogían clientes para comer).
Patricia, que así se llamaba mi madre, era ya anciana y le costaba caminar. Le saludé y hablamos sobre el estado en que se encontraba mi padre, que tenía una enfermedad respiratoria muy grave y necesitaba ser operado urgentemente, aunque la operación era muy cara y no nos la podíamos permitir.
Toda mi vida había sido un cúmulo de desgracias. Yo era huérfano, mis padres adoptivos siempre me habían cuidado muy bien, pero pasé toda mi infancia en un orfanato. La vida allí era muy dura, y nunca había gozado de la satisfacción de tener la el cariño y protección que una familia aporta. Al llegar a los 14 años, Patricia y su marido Paco me adoptaron. Ellos son des de entonces mi familia.
El bar. se iba vaciando y eran pocos los clientes que entraban, los pocos que lo hacían era para utilizar el servicio o la máquina de tabaco. Mi madre estaba sentada en la barra y le pedí que me cantara los números de la lotería del día pasado. Al escuchar las cifras que lentamente y a marchas forzadas iba nombrando, no podía salir de mi asombro: me había tocado la lotería.
A los pocos meses después, mi padre era ingresado en el hospital para la operación, mi madre tenia la casa de campo que tanto había deseado y yo era feliz viéndoles tan contentos. Por fin había podido devolverles todo lo que habían hecho por mí.
Una tarde, mientras paseaba con mi perro Tom por “El parque del Pino”, una joven se me acercó y me preguntó por el quiosco más cercano. Me agradeció mi ayuda con un dulce beso en la mejilla, algo que me sorprendió y que me dejó con una amplia sonrisa, ya que no todos los días se te acerca una joven en pleno centro de la ciudad para besarte con aquellos labios tan suaves. Desde aquel día, cada tarde me pasaba por el parque a la misma hora, esperando que me volviera a ver y se acercara para hablar. Pensaba en invitarla a cenar, en pasear con ella junto al lago, en regalarle flores, etc.… Su imagen se dibujaba en mis sueños cada noche, no podía olvidar aquellos ojos oscuros tan penetrantes, aquella sonrisa, aquel beso...
Suelo pasear por el parque sobre las cinco de la tarde, hora en que los colegios abren sus puertas para liberar en el mundo, centenares de niños ansiosos por ensuciar sus ropas en el barro del parque, dibujar pintadas en la pared o molestar a alegres transeúntes como yo que, con nuestro paseo diario, únicamente buscamos un rato de paz. Pero, en uno de estos rodeos, un pequeño se me acercó y algo me dijo que no buscaba ensuciar mis pantalones, ni molestar a Tom.
- Señor! Aquella señorita de allí me ha dicho que le diga que le espera en la cafetería “La Luna Azul” esta noche a las 12 – dijo el chico sin apenas fijar sus ojos en mi.
No cabía de alegría en mí y le rogué al chico que me llevara junto a ella, pero el pequeño, en cuanto acabó de decir aquello, se escapó volando. Miré al lugar dónde había señalado, pero allí no había nadie.
Mil preguntas pasaban por mi mente: ¿Seria ella? ¿Seria la misma mujer?. Llegué a casa y después de una ducha intensa con agua bien fría, me puse mis mejores galas. Todo tenía que ser perfecto aquella noche. No acababa de entender que estaba sucediendo, era alguien que no conocía, era una desconocida, pero había algo en ella que me atraía locamente.
Era un local pequeño situado en el centro de la ciudad. Una calle que salía de la avenida principal te llevaba hacia el lugar. Confiaba en que ella me viera y no estuviera esperándome en otra mesa, así que me puse en la primera mesa que encontré más cercana a la entrada. Faltaba todavía media hora para que ella llegara: me gusta ser puntual, así que pedí una copa al camarero y esperé.
Nada me hacia prever lo que aquella noche me iba a pasar. Mi reloj comenzó a sonar acompañado de un leve zumbido. Pocos segundos después, ella se sentó en una de las sillas que rodeaba la mesa.
- Disculpe el retraso, el tráfico en esta ciudad es horroroso, incluso por la noche – dijo dulcemente. Era ella, era la misma mujer que unas semanas antes me había preguntado por el quiosco en el parque. Mantuvimos una larga e interesante conversación durante toda la noche, mientras tomábamos unas copas. Se llamaba Liar, tenia 28 años y era psicóloga. Estuvimos hablando de mi viaje a Londres el mes pasado, de cómo su perro se había comido las sabanas que su madre le había regalado para su cumpleaños y de muchas otras cosas.
Los meses siguientes fueron los más felices de mi vida. Mi padre se había recuperado bien de la operación y se había ido a vivir con mi madre al campo. Con el dinero que había ganado en la lotería había puesto a dos camareros y dos cocineros mas en el bar, lo había ampliado y me había permitido el lujo de no trabajar. Y a parte de todo esto, en otro mundo diferente, estaba ella. Liar ocupaba casi todo mi tiempo e intentaba darle toda clase de caprichos. Al poco tiempo, decidimos irnos a vivir juntos y así lo hicimos. Mis padres no nos venían a ver demasiado, estaban muy a gusto en la casa que les había comprado y nosotros, siempre que podíamos nos hacíamos una escapada para verles. En la casa que compramos, para sorpresa de muchos, monté un estudio de dibujo, que era a lo que siempre me había gustado dedicarme. Era mi manera de descargar la tensión acumulada durante el día. Los momentos que dedicaba a pintar, mi mente desaparecía. Me gustaba jugar con las texturas, mezclaba las pinturas con pedazos de algodón, tierra, papel, cartón, plástico y cualquier material que se pudiera romper en trocitos. Antes de lo que jamás hubiera imaginado, una galería se ofreció voluntaria para exponer alguna de mis obras y entonces sentí, que nada podía ir mejor.
Cada noche sacaba a pasear a Tom al parque, los dos disfrutábamos con aquellos paseos. Eran momentos tranquilos, de reflexión, eran nuestros momentos. Mientras mi compañero y yo paseábamos, Liar solía quedarse en casa de nuestra vecina Maribel para hacerle compañía. Una tarde, mientras paseaba por el parque, me acerqué al quiosco a comprar el periódico. Resultó que el tendero era un viejo amigo de la infancia, Carlos estaba enfadado. Al lado de su quiosco había un pequeño local dónde se reunían una banda de mafiosos, que le asustaban la clientela. Yo le dije que serían alucinaciones suyas, que en el barrio nunca había habido mala gente y dudaba mucho que nunca la hubiera. Estuve un rato con Carlos recordando viejos tiempos, ninguno de los dos habíamos olvidado los partidos de fútbol en la plaza del orfanato cuando éramos pequeños. Cuando acababan las clases siempre nos íbamos a divertirnos en una caseta que nos habíamos construido en una cueva cercana a los campos de verduras y frutas que había cerca del orfanato. Un día, al llegar allí, nos encontramos con una pareja besándose locamente y que al vernos, recogieron rápidamente sus ropas y se fueron despavoridos. Carlos, que es capaz de acordarse hasta del segundo apellido de su tátara tatarabuela, aprovechó la ocasión para recordarme que todavía tenía el collar que, en su infortunita huida, los enamorados habían olvidado en la cueva. Era cierto, todavía conservaba aquel tesoro como uno de los mejores recuerdos de mi infancia.
Una tarde, cuando volvía de la galería, decidí pasarme por el bar para ver cómo iba todo. Los chicos me saludaron y me informaron de lo bien que funcionaba el negocio. Me senté en uno de los asientos de la barra y le di a uno de ellos el periódico del día. El joven, muy amable, leyó todos los titulares. Hubo uno que llamó mi atención: “La joven estafadora”. Leí un poco del artículo según el cual, una banda de estafadores y mafiosos merodeaba el barrio. Quizás sí que tenía razón Carlos y me había reído demasiado rápido de él.
Cuando llegué a casa, Liar estaba esperándome en la cocina con la comida preparada y decidí no decirle nada de lo que había leído en el periódico, no quería asustarla. Subí corriendo a mi despacho, en el segundo piso. Al palpar la estantería dónde reposaban varias campanas de mármol que me gustaban coleccionar, no encontré el collar que Carlos me había hecho recordar aquella tarde. Pregunté a mi mujer si lo había visto, a lo que contestó que allí nunca había habido ningún collar. Yo estaba seguro que al hacer la mudanza lo había colocado allí. Desistí, estaba muy cansado aquel día, así que me fui a dormir mucho más pronto de lo habitual en mí. Liar se quedó viendo la tele.
Noté como la claridad de la luz entraba por la ventana y al pasar la mano por encima de las sabanas, descubrí que la cama no estaba tan desecha como de costumbre. Liar se habría quedado dormida en el sofá y no había pasado la noche en la cama. Me duché y bajé al salón: allí no había nadie. Ni en el salón, ni en la cocina, ni en el jardín, ni en ninguna otra estancia de la casa. Salí a buscarla a casa de la Sra. Maribel, nuestra vecina, pero no la había visto. Al volver a casa, fui a la cocina en busca de un vaso de agua fría para refrescarme. Al tocar el pomo de la nevera me encontré un papel atado con un hilo a él. La recogí y leí:
“Espero que en esta vida tengas salud, al menos que eso no te lo roben”
No entendía aquella frase, fui corriendo a buscar el coche y tampoco estaba. Tenía miedo, miedo de que le hubiera pasado algo malo. ¿Y si los mafiosos la habían secuestrado? Mi mente no cesaba de imaginarla indefensa, rodeada de hombres que, sin escrúpulo ninguno le escupen y se ríen de ella. No podía estar ocurriendo aquello, era imposible que fuera cierto. No cabía en mi cabeza. Fui al bar para ver si allí la habían visto, pero no había ido por allí. Estaba claro que había sido secuestrada, pero había algo en aquella nota, que no me cuadraba. Pensé que quizás cederían ante una buena cantidad de dinero, me senté en la barra que hay cerca del teléfono y, mientras llamaba a la policía, confié en que sucediera así.
Horas más tarde, los policías que habían acudido a mi casa, en busca de pruebas, me dijeron que la casa estaba totalmente vacía: no había cuadros, no había muebles, no había nada de valor (tampoco mis pinturas). Estaba tan preocupado por Liar que no me había dado cuenta de que no sólo habían raptado a mi mujer, también me habían robado mis mas valiosas posesiones.
Recordé el quiosco y lo que me contó Carlos. Cogí el metro y enseguida llegué a “El parque del Pino”. Fui lanzado al local del que me había hablado. Ya estaba en el quiosco. Me había llevado a Tom por si necesitaba ayuda. La puerta estaba abierta y no se escuchaba ningún ruido que viniera del interior. Al entrar descubrí que no había ningún mueble. Había unos cuantos papeles por el suelo y botellas rotas por todas partes. Encontré otra habitación cerca que daba a un patio. Ella estaba esperándome allí, sentía su respiración. No dijo nada y me apuntó con una pistola, escuche como su dedo pulgar rozaba el gatillo. No paré de preguntarle que quién le estaba obligando a hacer aquello. Ella contestó que nadie, que nunca había estado enamorada de mi y que lo único que quería de mi, era mi dinero. Se que le caían lagrimas, se que estaba llorando y que estaba conteniendo el llanto, lo sé. No podía existir alguien con tanta sangre fría, no era real todo aquello, habíamos vivido demasiadas cosas juntos en los últimos siete meses. Noté como estaba a punto de disparar y me quedé allí, inmóvil sin saber que hacer. Sabía que estaba siendo imprudente, pero aquella desconocida no solo había robado mi fortuna, también había robado mi corazón e iba a hacer que pagara por ello, aunque yo también tuviera que caer, aunque yo también tuviera que llorar.
La Sra. Maribel sabía a dónde me había dirigido y, desobedeciéndome, reveló mis sospechas a la policía que seguían investigando mi hogar. Cuando llegaron al lugar, ella ya yacía muerta en el suelo de la habitación. A mí me encontraron en un rincón, rígido, llorando y sosteniendo la pistola que, antes de que ella disparara, en un movimiento fortuito, conseguí robarle. La rabia había podido conmigo, y había matada a la que un día lo fue todo para mi.
Jaume Rojo Contreras